Arco de Novia

Entre los Selk’nam es corriente una original y formulista petición de mano, que presenta tan encantadoras características, que me parece conveniente describirla, aunque sea brevemente. Cuando el joven ha recibido a través del tío la conformidad de sus padres para el matrimonio, encarga inmediatamente a un hombre experto que le confeccione un arco pequeño, de un tamaño aproximado a la mitad del corriente, y que lo haga con esmero y sin defecto alguno; pretende con este obsequio conseguir en un mínimo ataque el corazón de su amada. Voy a denominar a esta fina pieza «Arco de novia», pues los Selk’nam carecen de una palabra apropiada. Cuando en la tarde del día anterior, el pretendiente ha sido admitido en la cabaña familiar de sus futuros suegros por invitación de ellos, entonces se vuelve a acercar a la cabaña al día siguiente, aunque esta vez a pleno día. Espera hasta que su prometida con su padre y otras personas mayores estén dentro; se coloca delante de su amada y le entrega el arco de novia, ante las miradas de todos los presentes. Temblando lo acepta, al mismo tiempo que el muchacho se retira sin decir una palabra. A esta muda y breve escena le sigue una conversación general en la cabaña y las mujeres hablan siempre en tono halagüeño de la muchacha. La entrega del arco de novia en presencia de los compañeros de tribu mayores tiene una profunda significación: dar a conocer a la comunidad quiénes son los que se casan. Éste es, en realidad, el último sentido de esta pública ceremonia.

Después que la muchacha ha aceptado en silencio el pequeño arco, contesta a su novio con un inequívoco «sí».

Ambos novios se mantienen firmes en su decisión; nunca ocurre que se devuelva un arco y se renuncie al matrimonio. Cuando ya ha tenido lugar la pública declaración amorosa se pone la novia la debida pintura facial esto es, unas rayitas finas, blancas y transversales muy juntas entre sí que corren desde una oreja a la otra, pasando por la punta de la nariz; por debajo existe una ancha línea blanca, igualmente transversal, que parte de las aletas de la nariz y se extiende por las dos mejillas llegando por ambos lados hasta cerca de las orejas. Ésta nunca olvidada «pintura de novia» debe dar igualmente a conocer a los compañeros de tribu el próximo matrimonio. Por otra parte se dedica la novia a corresponder no menos públicamente a la propuesta de amor de su novio. Con toda calma ha ido tejiendo con sus propias manos un objeto de adorno de seis cuerdas de tendones. Si ella ha recibido el día antes el pequeño arco, como ya se ha mencionado, se dispone a hacer, al siguiente la visita contraria. Espera el momento más apropiado y entra después, acompañada de su madre, tía o alguna otra mujer en la cabaña, en la que espera impaciente al novio. Lleno de visible alegría sale y se coloca cuadrándose ante ella. Sin preámbulo alguno, aunque con radiante alegría, le ciñe calladamente el cordón alrededor de la muñeca derecha y se vuelve corriendo a su cabaña en unión de sus acompañantas. Desde entonces se presenta el novio diariamente con una determinada pintura facial: unos puntitos muy juntos forman unas líneas horizontales hasta la altura de las aletas de la nariz. Con ello se da a conocer a todo el mundo que aquellos dos jóvenes han decidido casarse. Lentamente se va preparando ahora la ceremonia de la boda.

Una observación complementaria tengo que añadir. El pequeño arco, signo del primer amor de su pretendiente y después esposo, lo conserva la mujer con solícito cuidado.

Cuando después de algunos años de vida matrimonial, el primer hijo ha crecido lo suficiente para poder jugar con juguetes, le entrega la madre su arco de novia, tanto tiempo guardado, para que le sirva de arco de tiro. Con significativa ternura se posan frecuentemente los ojos de la madre en el inofensivo juguete del primogénito y su nostalgia retrocede al feliz recuerdo de la época del noviazgo. Una gran atención le presta el esposo al regalo de la novia. No se lo quita nunca, y si por llevarlo mucho tiempo se estropea, le confecciona su mujer uno nuevo colocándoselo con su propia mano en la muñeca. Con esta significativa y sencilla costumbre refrescan los casados de la Tierra del Fuego el recuerdo de su primer amor.

 

Los Fueguinos

Martín Gusinde

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